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   A HELENA – TO HELEN 

En el universo po茅tico de Edgar Allan Poe, donde la melancol铆a, pesadez, lo l贸brego, deplorable y el misterio convergen, encontramos un soneto que brilla con una luz excelsa  y demuestra que Edgar Allan Poe es uno de los m谩s grandes poetas: "A Helena". Este poema, m谩s all谩 de ser una simple oda a la belleza femenina, se erige como un viaje introspectivo hacia las profundidades del alma del poeta y un canto a la inmortalidad del amor y el arte.

Al adentrarnos en los versos de Poe, nos encontramos ante una figura femenina idealizada, Helena, cuyo nombre evoca tanto a la m铆tica reina de Troya como a una musa inspiradora. El poeta, con una prosa rica en met谩foras y s铆miles, nos transporta a un mundo donde la belleza es una fuerza trascendente, capaz de trascender el tiempo y el espacio. Helena no es solo una mujer, sino una encarnaci贸n de la perfecci贸n, un ser celestial que ilumina la oscuridad del alma del poeta.

La relaci贸n entre el poeta y Helena es m谩s que un simple amor rom谩ntico. Es una conexi贸n profunda y espiritual que lo eleva a un plano superior. La belleza de Helena se convierte en una fuente de inspiraci贸n y consuelo, aliviando sus penas y d谩ndole un sentido a su existencia. A trav茅s de sus versos, Poe nos transmite la sensaci贸n de que el amor por Helena es una fuerza que lo impulsa a crear, a buscar la belleza en todas sus formas.

Sin embargo, el amor de Poe por Helena no es solo un sentimiento de alegr铆a y euforia. Tambi茅n est谩 te帽ido de melancol铆a y nostalgia. La conciencia de la fugacidad de la vida y la inevitabilidad de la muerte se cierne sobre el poema, creando una atm贸sfera de tristeza y a帽oranza. A pesar de su amor eterno por Helena, el poeta es consciente de que su encuentro con ella fue fugaz y que su belleza, aunque inmortal en la poes铆a, est谩 destinada a desvanecerse en el mundo f铆sico.

"A Helena" es m谩s que un simple poema de amor. Es una exploraci贸n de los temas universales de la belleza, el tiempo, la inmortalidad y la naturaleza del arte. A trav茅s de sus versos, Poe nos invita a reflexionar sobre la capacidad del amor para trascender la muerte y a encontrar consuelo en la belleza.

Es una obra maestra que nos conmueve y nos inspira. Al leer este poema, nos sentimos transportados a un mundo de belleza y misterio, donde el amor y el arte se entrelazan de manera inseparable. La figura de Helena se convierte en un s铆mbolo de la belleza eterna y de la capacidad del ser humano para trascender las limitaciones del tiempo y del espacio. 


A HELENA – TO HELEN

Edgar Allan Poe

(1809-1849)


Te v铆 una vez, s贸lo una vez, hace a帽os:

no debo decir cuantos, pero no muchos.

Era una medianoche de julio,

y de luna llena que, como tu alma,

cern铆ase tambi茅n en el firmamento,

y buscaba con af谩n un sendero a trav茅s de 茅l.

Ca铆a un plateado velo de luz, con la quietud,

la pena y el sopor sobre los rostros vueltos

a la b贸veda de mil rosas que crecen en aquel jard铆n encantado,

donde el viento s贸lo deambula sigiloso, en puntas de pie.

Ca铆a sobre los rostros vueltos hacia el cielo

de estas rosas que exhalaban,

a cambio de la tierna luz recibida,

sus ardorosas almas en el morir ext谩tico.

Ca铆a sobre los rostros vueltos hacia la noche

de estas rosas que sonre铆an y mor铆an,

hechizadas por ti,

y por la poes铆a de tu presencia.

 

Vestida de blanco, sobre un campo de violetas, te vi medio reclinada,

mientras la luna se derramaba sobre los rostros vueltos

hacia el firmamento de las rosas, y sobre tu rostro,

tambi茅n vuelto hacia el vac铆o, ¡Ah! por la Tristeza.

 

¿No fue el Destino el que esta noche de julio,

no fue el Destino, cuyo nombre es tambi茅n Dolor,

el que me detuvo ante la puerta de aquel jard铆n

a respirar el aroma de aquellas rosas dormidas?

No se o铆a pisada alguna;

el odiado mundo entero dorm铆a,

salvo t煤 y yo (¡Oh, Cielos, c贸mo arde mi coraz贸n

al reunir estas dos palabras!).

Salvo t煤 y yo 煤nicamente.

Yo me detuve, mir茅... y en un instante

todo desapareci贸 de mi vista

(Era de hecho, un Jard铆n encantado).

 

El resplandor de la luna desapareci贸,

tambi茅n las blandas hierbas y las veredas sinuosas,

desaparecieron los 谩rboles lozanos y las flores venturosas;

el mismo perfume de las rosas en el aire expir贸.

Todo, todo muri贸, salvo t煤;

salvo la divina luz en tus ojos,

el alma de tus ojos alzados hacia el cielo.

Ellos fueron lo 煤nico que vi;

ellos fueron el mundo entero para m铆:

ellos fueron lo 煤nico que vi durante horas,

lo 煤nico que vi hasta que la luna se puso.

¡Qu茅 extra帽as historias parecen yacer

escritas en esas cristalinas, celestiales esferas!

¡Qu茅 sereno mar vac铆o de orgullo!

¡Qu茅 osad铆a de ambici贸n!

M谩s ¡qu茅 profunda, qu茅 insondable capacidad de amor!

 

Pero al fin, Diana descendi贸 hacia occidente

envuelta en nubes tempestuosas; y t煤,

espectro entre los 谩rboles sepulcrales, te desvaneciste.

S贸lo tus ojos quedaron.

Ellos no quisieron irse

(todav铆a no se han ido).

Alumbraron mi senda solitaria de regreso al hogar.

Ellos no me han abandonado un instante

(como hicieron mis esperanzas) desde entonces.

Me siguen, me conducen a trav茅s de los a帽os;

son mis Amos, y yo su esclavo.

Su oficio es iluminar y enardecer;

mi deber, ser salvado por su luz resplandeciente,

y ser purificado en su el茅ctrico fuego,

santificado en su elis铆aco fuego.

Ellos colman mi alma de Belleza

(que es esperanza), y resplandecen en lo alto,

estrellas ante las cuales me arrodillo

en las tristes y silenciosas vigilias de la noche.

Aun en medio de fulgor meridiano del d铆a los veo:

dos planetas claros,

centelleantes como Venus,

cuyo dulce brillo no extingue el sol.

I saw thee once—once only—years ago:

I most not say how many—but not many.

It was a July midnight; and from out

A full-orbed moon, that, like thine own soul, soaring,

Sought a precipitate pathway up through heaven.

There fell a silvery-silken veil of light,

With quietude, and sultriness, and slumber,

Upon the upturn'd faces of a thousand

Roses that grew in an enchanted garden,

Where no wind dared to stir, unless on tiptoe—

Fell on the upturn'd faces of these roses

That gave out, in return for the love-light,

Their odorous souls in an ecstatic death—

Fell on the upturn'd faces of these roses

That smiled and died in this parterre, enchanted

By thee, and by the poetry of thy presence.

 

Clad all in white, upon a violet bank

I saw thee half reclining; while the moon

Fell on the upturn'd faces of the roses,

And on thine own, upturn'd—alas, in sorrow!

 

Was it not Fate, that, on this July midnight—

Was it not Fate, (whose name is also Sorrow)

That bade me pause before that garden-gate,

To breathe the incense of those slumbering roses!

No footstep stirred: the hated world all slept,

Save only thee and me. (Oh, Heaven!—oh, God!

How my heart beats in coupling those two words!)

Save only thee and me. I paused—I looked—

And in an instant all things disappeared.

(Ah, bear in mind this garden was enchanted!)

 

The pearly lustre of the moon went out:

The mossy banks and the meandering paths,

The happy flowers and the repining trees,

Were seen no more: the very roses' odors

Died in the arms of the adoring airs.

All—all expired save thee—save less than thou:

Save only the divine light in thine eyes—

Save but the soul in thine uplifted eyes.

I saw but them—they were the world to me.

I saw but them—saw only them for hours—

Saw only them until the moon went down.

What wild heart-histories seemed to lie enwritten

Upon those crystalline, celestial spheres!

How dark a wo! yet how sublime a hope!

How silently serene a sea of pride!

How daring an ambition! yet how deep—

How fathomless a capacity for love!

 

But now, at length, dear Dian sank from sight,

Into a western couch of thunder-cloud;

And thou, a ghost, amid the entombing trees

Didst glide way. Only thine eyes remained.

They would not go—they never yet have gone.

Lighting my lonely pathway home that night,

They have not left me (as my hopes have) since.

They follow me—they lead me through the years.

They are my ministers—yet I their slave.

Their office is to illumine and enkindle—

My duty, to be saved by their bright light,

And purified in their electric fire,

And sanctified in their elysian fire.

They fill my soul with Beauty (which is Hope,)

And are far up in Heaven—the stars I kneel to

In the sad, silent watches of my night;

While even in the meridian glare of day

I see them still—two sweetly scintillant

Venuses, unextinguished by the sun!

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